REPRODUCTOR MUSICA

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domingo, 12 de mayo de 2013

Un mundo de cristal.

Cuando llegó, con su máscara arco iris y sonrisa abierta, quiso fabricar el mundo con todo lo que salía de su boca. El aire se llenaba de fantasía y los oídos caían rendidos ante los pies de la máscara. Hablando no decía nada, sólo conseguía entretener a la muchedumbre contando historias inauditas, experiencias excepcionales. Pero la máscara sólo era una boca, y la cinta que la sujetaba precariamente no encontraba sujección, pues orejas no tenía. Por eso nadie era oído, sólo entretenido.

Cuando el ajetreo de la vida fue agitando la cabeza de la máscara ésta caía, poco a poco pero inexorablemente, y no había mano capaz de arreglar el desastre inminente. El arco iris se estaba transformando en agujero negro que succionaba y destruía todo a su paso. El agujero negro se hacía cada vez más grande, ocupando cada vez más el espacio, invadiendo los espacios ajenos y corrompiendo, destruyendo... y exigiendo más.

Nada es suficiente. El agujero negro siempre tenía hambre. Más, y más, dejando al mundo sin nadie más que su existencia negra. Un día quiso comer y no encontró absolutamente nada, únicamente a sí mismo. En su infinito egoísmo, en su infinita ambición, había devorado todo y a todos los que le rodeaban. Sólo le quedaba una opción: devorarse a sí mismo.

Y la pena lo consumió volviéndolo pequeño, imperceptible... y negro... irremediablemente negro.

- Yesenia Pineda -

domingo, 13 de enero de 2013

Sótano

Su sonrisa esperó, paciente, a que llegara la noche y se abriese la puerta. Después, un portazo tímido sería el telonero de un repiqueteo sordo de pasos. "Buenas noches", díría, y le responderían de la misma manera. "¿Qué has hecho hoy?" Y el secreto le anudó la garganta, como una soga trenzada por las manos rudas de un campesino anciano. "Nada, aquí", contestaría, mirando al suelo. "¿Y tú?", preguntaría presurosa para intentar ocultar su nerviosismo. "Pues yo te estuve llamando todo el día y no contestó nadie. Aquí no estabas". Con ojos impregnados de amenaza la haría buscar una explicación, y ella balbuceando diría cualquier cosa inventada, encontraría una historia imperfecta para crear una excusa inútil. Él se acercaría lentamente, transformándose a cada paso en un gigante imbatible, y mientras él crecía ella se hacía pequeña, cada vez más y más, queriendo encoger hasta alcanzar el tamaño de un átomo diminuto y escapar corriendo hasta un lugar donde nunca pudiera encontrarla. Sentiría la primera punzada de dolor con los ojos cerrados, y después todo sería como las imágenes de una antigua película en blanco y negro, de las de cine mudo, donde la historia sucedía a trompicones.

El miedo la despertó y recordó entonces que ya no volvería a pasar. Aquel día él había llegado y, tras las respuestas que él había considerado inaceptables, había actuado tal como ella esperaba, pero ella le sorprendió... Lo tenía allí abajo, encerrado entre los muros del sótano del pasado. Sonrió y susurró: "Buenas noches".

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Soñar contigo

Anoche, mientras paseaba por la realidad nublada de los sueños, me encontré contigo. De repente todo se volvió verde y tus ojos grandes eran el "gran hermano" que me miraba, con el ceño fruncido, mientras yo me esforzaba por agradarte. Fue entonces cuando te vi desde lejos y el viento agitó un poco tu cabello indomable: te reconocí, aunque ya sabía que eras tú.

Fotografía: Yesenia Pineda.
No sé por qué, aunque estaba mal, quise acercarme demasiado. Tú abriste los brazos un poco, sólo lo justo para que nadie me viera, y luego te apartaste rápidamente hasta quedarte muy lejos, tanto que parecías muy pequeño, y yo te seguí. Buscaba una explicación, una respuesta, un perdón apasionado y tierno, así que me miraste a los ojos con tus ojos grandes y yo paseé por ellos como por el jardín de mi casa, tranquila, respirando profundamente para que el olor de la lluvia y el verde de la naturaleza penetre en mis pulmones y me llene de vida.

Me besaste con tu boca rojiza (quizá sólo parece más roja por lo pálido de tu rostro), y sentí que tus incisivos habían atrapado mi labio inferior, quizá queriendo decirme que no me marchase. Sin embargo me separé de tus labios casi con pereza, volviendo a dedicarte una mirada, perdiéndome en tus ojos grandes por un segundo infinito, y cerré los ojos mientras te sonreía. Cuando volví a abrirlos ya había despertado. Jamás volveré a soñar contigo.
- Yesenia Pineda -

martes, 20 de diciembre de 2011

Un hogar en el abismo

Miras a tu alrededor y te das cuenta: no hay nadie, sólo estás tú. Entre diversas formas de alegría y jolgorio la gente vive, pero tú llegas a entender la magnitud de tu soledad. Sientes el peso que cae sobre ti y a la vez que tu ánimo encoge las pupilas se tiñen de un color indeterminado con nombre de sentimiento. Es triste averiguar que existen varios tipos de sonrisas. Ver la alegría infantil te pone triste, porque entiendes que aquella época pasó y nunca supiste ver que tu inocencia era una causa y que a su consecuencia ahora la llamas felicidad. Aprendes a vivir un momento de plenitud a través de la risa de un niño que la mayoría de las ocasiones ni siquiera conoces. Admiras la belleza que te rodea, con ansia, como si una camisa de fuerza te impidiera tocarla y poseerla. Ves gente en todo lo alto que no sabe sonreir mientras tú aún sonríes con cualquier excusa en un infructuoso intento de subir un peldaño. Gente en todo lo alto que desprecia lo sublime mientras tú no dejas de apreciar lo ínfimo. Te agarras a lo pequeño como si así lograses levantar la losa que te aplasta. Pides ayuda a gritos y nadie parece oirte.

No encajas.

Ningún lugar es tu lugar.

Tus momentos pasan veloces y tus tristezas se quedan incluso en tus alegrías. Buscas sin hallar, temiendo que no exista. Las ilusiones se derramaron por el camino y mirando atrás en lugar de ver un camino trazado ves el abismo al que has caído. Lo hermoso te pone triste y te hace llorar con una tristeza que jamás imaginaste, un llanto que dejó de ser angustia para convertirse en resignación. Ninguna verdad que haya pasado a la historia y perdurado a través de los siglos puede ya convencerte de su certeza. El desánimo te ha poseído y ya la soledad es una compañera, a veces más deseable que cualquier persona pues, al fin y al cabo, jamás llegará a culminar esa comprensión profunda que esperas. El silencio, al menos, no pronuncia palabras estúpidas o vacías. Si te miras al espejo, justo en lo más oscuro de tus pupilas, encontrarás esa resignación. Seguidamente, miras el rostro donde habitan esos ojos ya casi desconocidos y tus manos querrán romper el espejo.

No encajas.

Ningún lugar es tu lugar.

Ni siquiera tu propio cuerpo.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Desequilibrio aparente

Qué curioso es el lenguaje. Las palabras son como un juego de bloques para niños: coges la pieza azul, pones al lado una amarilla, las unes con una roja encima y coronas la creación con una de esas piezas triangulares que se asemejan a una cubierta a dos vertientes. Puedes hacer construcciones de todo tipo, tan grandes como desees y tan extrañas como tu mente sea capaz de imaginar.

Se puede decir, por ejemplo, que un diente quiere vivir su propia vida, o que unos ojos son como pelotas de golf. Si las palabras se quedan cortas hay quien puede tomarse la libertad de crear y referirse a una sonrisa como "hectométrica". Se puede jugar a las contradicciones o complicar lo obvio. Es posible edificar un arco del triunfo multicolor tan frágil como la actualidad económica. El ser humano, por qué no, es capaz de admirar y premiar tanto el acierto como el error.

La tarde, por cierto, era de color violeta y transcurrió en un ambiente caribeño para los pingüinos y los osos polares. Rodeados de pequeñas fogatas mientras decenas de atletas frustrados entrenaban junto a sus bebidas isotónicas nos pusimos a estudiar la manera de comprender la incongruencia para acabar demostrando que, aunque la idea pudiera parecer deseable, no conocemos la felicidad de la ignorancia pero sí la jocosidad del subsuelo. ¿Incoherencia? No, es el juego del tetris en el que a veces las piezas no encajan pero que, con suerte, acabas completando alguna línea que te permite seguir jugando un poco más. Es un regalo poco apreciado, pero todos y cada uno de los individuos tiene la posibilidad de mirar a su alrededor y sentir el desencanto que causa una realidad que no gusta a nadie pero de la que todos, en mayor o menor medida, participamos. No era un soliloquio pero bien pudiera haberlo sido.

Ya en el parque de atracciones se decidió en consenso utilizar la entrada de la casa de los espejos, pero con cuidado, porque pretendía ser algo divertido y no siempre es agradable verse reflejado en el espejo cóncavo (ni en el convexo).

Si, son de esas tardes que al final se quedan en la memoria, pues entre burlas y tonterías varias en muchas ocasiones te das cuenta de cuáles son las malas hierbas que has de podar en tu camino.

martes, 15 de noviembre de 2011

La sonrisa del león

Se acarició la barbilla con mano temblorosa, mirando su reflejo con actitud crítica. Era un anciano con algunas monedas, demasiada gomina en el pelo y un paquete de tabaco en el bolsillo. Con gran esfuerzo agarró firmemente la seguridad en sí mismo y todos sus nobles principios, atravesó el salón desierto y cerró la puerta al salir. Quién sabe dónde estaba su mente mientras el ascensor descendía hasta la planta baja y se dirigió por inercia hacia el mismo lugar de siempre.

Rememorando conquistas saludó a las presentes, y buscando a tientas su pasado porte y elegancia hizo lo propio con los componentes masculinos del grupo. Fingió entereza durante toda la velada, sabiendo que su mente sublime respondería con aceptable lógica cualquier cuestión que se le planteara mientras dentro de él se libraba la gran batalla en la que uno de los frentes había sido ya declarado vencedor .

Frente a él volvía a estar su imagen, menos nítida gracias a la poca iluminación, pero a sus ojos se asomó la consciencia: hacía grandes esfuerzos por recuperar su plenitud, mas eran vanos, pues el enemigo los saboteaba y lo transformaba en aquella especie de alter ego que él detestaba. Haría lo que fuera por lucir amplias sonrisas, arañaría dentro de sí mismo hasta permitir al mejor actor hacer su gran papel... todo con tal de que aquella gente no alcanzara a asomarse a su desdicha... pero todos lo sabían. Y sólo unos pocos le devolvían con cariño la sonrisa.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Mi mejor amigo


A veces intento imaginarme cómo habrían sido estos años si no los hubieras compartido conmigo. Sin duda, habrían sido medianamente buenos, con sus altibajos, como siempre, como de hecho lo han sido. Lo que marca la diferencia son los pequeños momentos que hemos compartido. 

Mi peludo amigo, cuántas mañanas has esperado paciente a que me levantara y al hacerlo me has dado los buenos días como si hiciera mucho que no nos vemos, cuántas noches me has aguantado despierto hasta la madrugada cuando yo estaba en cama por un simple catarro, atento a cada golpe de tos, y cuando una mala racha me pone triste siempre estás ahí, colocando tu manita suavemente sobre la mía  y mirándome como preguntándome si estoy bien, y a mi me emociona tanto ver cómo me cuidas que sólo puedo abrazarte y llorar.Y qué bonitas las tardes en las que juntos en el sofá vemos una película. Y mientras me adoras en silencio, aguantas mi estrés por el día a día, a veces víctima inocente de mi mal humor, siempre esperando que me vuelva la calma para pedir perdón por algo que no has hecho mientras te apartas a un rincón como sintiéndote culpable y con tus ojos llenos de palabras me pides por favor que te quiera y que te cuide.

Mi compañero fiel, que me conoces tan bien que no hace falta apenas que te guíe o que te ordene, un simple gesto con la cara es entendido por tu inteligencia secreta y te diriges presto a complacer sin esperar más que el seguir a mi lado. Me sorprendo a veces, cuando duermes junto a mi mientras yo estoy sentada frente al ordenador, de repente abres los ojos, levantas la cabeza y simplemente me miras durante unos segundos, como para comprobar que sigo ahí, y vuelves a dormir relajado. Tu presencia para mí se ha vuelto ya imprescindible sólo porque tu pureza, tu simplicidad, tu amor silencioso y tu comprensión sabia son insustituibles, inigualables, y sé a ciencia cierta que jamás encontraré algo igual en una persona.

Tú, que en los malos sueños me has acompañado, y que cuando estoy feliz parece que se dibuja en tu cara también una sonrisa, y dicho sea de paso si quiero hacerte feliz sólo he de llevarte de paseo, o regalarte unos mimos, o comprarte un juguetito nuevo. Mi querido amigo, los años ya te han hecho anciano y un poco gruñón. Ya no me soportas algunas veces, y de vez en cuando me gruñes. Pero ahora es a mi a quién toca perdonar cuando tengas mal humor, quererte sin medida, cuidarte cuando estés enfermo, ser tu apoyo incondicional... y sé que jamás podré llegar a pagarte todo lo que tú me has dado aún sin saberlo, y a pesar de que nadie sepa comprenderlo. Sólo espero que estos años pasen lentos, que tu vida sea interminable, tenerte para siempre conmigo porque ¿sabes, querido amigo? Ya no recuerdo mi vida sin ti.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Una hoja aún verde y tierna se abandonó y se dejó caer. Yo, que me hallaba tumbada bajo su árbol esperando lo imposible, la contemple en su elegante movimiento de descenso, como pluma flotando en el aire. Se posó sobre mi pecho y se quedó ahí sin decir nada, sin pedir nada, sin esperar nada de mi, agradeciendo en silencio el apoyo que mi cuerpo le brindaba para luchar contra la gravedad. Yo ni me atrevía a tocarla, tan frágil me parecía, y sólo podía admirarla como el que se maravilla con las cosas prohibidas. Temía moverme por miedo a que cayera al suelo y se mezclara con las hojas muertas, temía hasta rozarla con mis dedos por si mi delicadeza no era la suficiente y la hería. Quise volverme tierra fértil que la alimentara y la nutriera hasta florecer, que de ella naciera un arbusto sano que al crecer se convirtiera en un árbol fuerte e invencible. Quise ser refugio para sus incipientes ramas y sol hacia el que éstas se dirigieran buscando la luz. Y de repente la hoja cobró vida y me habló, dijo que de las hojas no pueden crecer árboles, que eso era sólo una ingenua ilusión, que su destino siempre fue caer y marchitarse. Seguidamente, como si fuesen imágenes de una película acelerada, su color verde brillante se fue apagando progresivamente hasta volverse marrón . La hoja ya no era hermosa. La hoja había vertido su vida en mi pecho, y mi piel absorbió su alma y su esencia. Y entonces fui por fin su tierra fértil y su refugio, y le brindé mi sangre para que se alimentara de ella. Qué hermoso era para mi ese lugubre tono otoñal del que se había teñido.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Hasta la suela de un zapato

Me levanto con prisa, no he oído el maldito despertador. Se me ha hecho tarde. Desayuno a toda velocidad, me visto con lo primero que encuentro y salgo apresuradamente mientras aún me cepillo el pelo. Conduzco a toda velocidad, maldiciendo los semáforos y a los que renuevan el carnet de conducir después de los 70... Por fin encuentro un lugar para aparcar y salgo del coche. Comienzo a caminar a paso ligero, dejando atrás calle tras calle. De repente me invade una sensación incómoda... Estoy empezando a notar que las decenas de transeúntes con los que me cruzo fijan los ojos en mi con una expresión que no acierto a identificar. ¿Sorpresa? ¿Miedo? ¿Burla? Al principio apenas hago caso, pienso que es una mera coincidencia, pero al final resulta tan obvio que me asaltan las dudas. ¿Me he dejado sin querer las zapatillas de andar por casa? No... ¿Acaso es que tengo una mancha en la ropa? Tampoco... ¿Serán diferentes mis zapatos? No, pertenecen al mismo par... No se me ocurre qué puede ser tan llamativo y tan diferente que capte la atención de todos los paseantes. De pronto se me ocurre... ¿me tizné la cara con algo? ¿Dónde puedo mirarme?

Siento vergüenza de que la gente me vea mirarme en el espejo retrovisor de un coche, pero la curiosidad y el miedo a estar haciendo el ridículo pesan un poco más en la balanza, así que me acerco a un coche con el fin de indagar en mi reflejo, y me miro... pero un momento... un sonido de alarma en mi interior: ocurre algo extraño. Entonces me doy cuenta ¡¡¡que no me reconozco!!! Me invade un escalofrío intenso, el horror explota en mi como una bomba atómica provocándome un ataque de ansiedad del que apenas me percato... ¡¡¡MI CARA!!! Entonces surge, como un pitido incómodo en la base de la cabeza, la terrorífica pregunta:  ¿qué soy?

De repente el sol se oscurece, como si un nubarrón de un negro intenso se hubiera colocado justo delante. Mi instinto hace que vuelva la vista hacia el cielo... y lo veo... veo la suela de un zapato enorme descendiendo paulatinamente justo encima de mi. El tiempo parece detenerse, y a la vez parece ser el segundo más corto de la historia del tiempo. No puedo escapar, va a aplastarme. Mi cuerpo se quiebra y se esparce con un crujido en mitad de un pequeño terremoto cuando la suela golpea el suelo. Me quedo pegada a la goma negra. El oído es el último sentido que se pierde al morir, ahora puedo confirmarlo, pues cuando ya no veía ni sentía pude oír,  muy a lo lejos, la voz de un hombre que decía:
-¡¡Cucaracha asquerosa!!

domingo, 17 de julio de 2011

Atardecer estival

En mitad de la nada, justo en el centro del todo que somos, perdidos, en total incongruencia para aquellos que no alcanzan a ver más allá de sus prejuicios y sus juicios, con el sol creando tibieza y la cigarra acompañando con su coro chirriante las notas de unas cuerdas cuyo sonido se perdía entre el follaje y el tiempo que se iba escurriendo gota a gota en total calma.

Notas tristes y rítmicas traían melancolía, abrazaban el alma y luego escapaban veloces hacia el infinito sin llevarse nada y sin dejar más que un recuerdo fugaz en el tímpano. La brisa acudía celosa y hurtaba esos compases nostálgicos y envolventes para viajar con ellos al pretérito.

Solitud pausada en esa escena donde no existían ni el antes ni el después, donde cualquier atardecer sería idéntico, donde quedaban relegados al olvido la realidad y toda su deformidad fruto del ser humano. Las horas vivieron y murieron en ese marco de calma. La respiración se acompasaba sin pretenderlo, guiada por la caricia del viento. 

El aroma era caliente, una pizca de naturaleza perfumada con tonos ocres. El sol proseguía su viaje imperceptible modificando el reflejo, acariciando paulatinamente con dedos transparentes cada rincón del paisaje como un amante delicado y paciente que se deleita en el cuerpo adorado. 

Pupilas perdidas, dirigidas hacia el azul inscrito en una limitada cromática de verdes. El distendido silencio. La inmortalidad de las imágenes petrificadas que trataban de captar más el espíritu que la escena. Tras el regreso a la existencia frívola y absurda, la sensación de haber poseído por y para siempre, con sosegada avaricia, la plenitud de toda una tarde de verano. Sin duda, en algún recóndito plano de la existencia, será una tarde eterna.

sábado, 16 de julio de 2011

El ritmo del silencio

Silencio.

Aunque sigo oyendo gritos en mi cabeza, mi boca calla, está bajo mi control. Imágenes oscuras a veces, de un cegador azul eléctrico otras... las más, con diferentes tonalidades de grises.  Pero siempre,

Silencio.

Explosiones mudas. Nacen seres minúsculos que viajan a toda velocidad por mis venas y arterias armados con pequeñas plumas. A veces bombean también los manantiales de mis ojos casi hasta desbordarlos. Y todo ello en el más rotundo y absoluto

Silencio.

Arriba y abajo, una montaña rusa con lentas subidas y súbitos descensos. En su travesía nadie grita. Cientos de labios inferiores son mordidos para que no escapen sonidos prohibidos. Los rebeldes quieren alzar sus voces, dejarlas escapar libres al viento. Pero los guardianes acechan...

Silencio.

Ahí está ese orate que quiere atreverse a romper la norma, lucha con fiereza contra las cadenas que lo atan y no ceja en su empeño de arrancarse la mordaza, llenar de aire sus pulmones enormes, abrir hasta el infinito su boca a estrenar y contaminar su garganta con el crimen prohibido. Y después, pena de muerte o rebelión de los reprimidos. Pero ya nunca más habrá

Silencio.

Mi mundo imaginario

El sol pinta de luz mi mundo imaginario. En el horizonte, unos negros nubarrones acechan, se acercan lentamente, degustando la anticipación a la batalla. Mi viento imaginario soplará y soplará con todas sus fuerzas intentando mantenerlos alejados. En mi mundo imaginario yo soy el mar, que va y viene sin descanso, en él siempre puedes llegar más y más profundo, embravecido provoca naufragios y arrasa las ciudades (de mi mundo imaginario) con violentos tsunamis, pero en calma es un lago tibio y agradable donde los niños aprenden a nadar y juegan a la pelota.

En mi mundo imaginario yo soy un árbol inerte que observa impotente el paso del tiempo y la sucesión de acontecimientos. Mis ramas secas ya casi rozan el suelo color amarillo (como el camino que anduvieron el hombre de hojalata, el león cobarde y la niña de los zapatitos rojos). Mis ramas nuevas tienen hojas pequeñitas que se esconden para no ser heridas por el abrasivo sol.

En mi mundo imaginario también soy un vencejo, que en su vuelo interminable observa desde una perspectiva superior ganando en objetividad, pero perdiendo en dedos de frente. Y es que cuando se trata de mi no hay objetividad, mis sentimientos me embaucan, traidores, me engañan y me arrastran hacia su cárcel y me hacen su esclava, y sólo me queda esperar hasta que un sentimiento antagonista luche y me libere de nuevo. Como un criminal reincidente, no hago más que entrar y salir de esa cárcel.

Mi mundo imaginario teme al terremoto, a la tormenta y a los huracanes. No hay trincheras ni refugios, sólo millones de kilómetros áridos con algunos oasis y justo en el centro del desierto, una enorme selva llena de fauna y flora donde vive una escurridiza serpiente de enormes dientes tóxicos que de vez en cuando me hipnotiza con su baile sinuoso y súbitamente me ataca, impertérrita quizá por el uso, dejándome siempre a merced del delirio y el shock provocados por el veneno.

Voy a destruir mi mundo imaginario. Hoy seré aquel avión pilotado por Claude Eatherly y dejaré que el hongo caiga en el centro mismo de la selva. Habrá un invierno nuclear en mi mundo imaginario y moriremos todos. Entonces, en ese mismo momento, miraré hacia otro lado y comenzaré a construir mi nuevo mundo imaginario en otra parte. Esta vez quedan exiliados los sentimientos que esclavicen, las serpientes y las tormentas. ¿Quieres venir a vivir a mi mundo imaginario?

sábado, 18 de junio de 2011

Obsesión mortal

Al sacarle los ojos las gotas de sangre tiñeron sus dedos de un tono rojizo y pegajoso. Fantasía y realidad confundidas en su mente, mezcladas como una espiral infinita de cadenas enredadas. Tomó una fresa del plato y la partió en dos con el mismo cuchillo con el que le había cortado el cuello, y al cogerla con sus dedos sangrientos la endulzó con un sirope malvado de muerte y tragedia. Mientras saboreaba el amargo dulzor de la exótica fruta dirigió sus ojos fríos hacia el cuerpo inerte. Ella estaba en el suelo, con las cuencas vacías y la boca entreabierta, su cuello derramaba aún aquel líquido espeso que enmarcaba su cabeza como una almohada. La tenue luz era el complemento perfecto para aquella escena macabra, pero al mirarla él sintió que no era suficiente. Ella seguía siendo demasiado bella. Ya la había desprovisto de aquellos ojos condenadamente profundos que habían sido como un imán para él. Allí estaban aún, desordenados junto a ella, y  aún parecían mirarlo burlones...

La risita que se le escapó sonó como un preludio a algo horrible... tomó uno de los ojos casi con desprecio y lo observó fijamente. Mirando al interior de aquella pupila huera de vida, y sin apartar la vista dirigió un insulto hacia ellos: "Maldita puta". Con los dos ojos en la mano, se dirigió al aseo y los arrojó al interior del inodoro. A partir de ahora esos ojos sólo verían residuos, putrefacción... la misma basura que ella había sido.


Volvió al cuarto de estar y paseando delante de ella le

hizo una pregunta: "¿Y ahora, soy lo suficientemente bueno para ti?" Con la mano limpia se acarició las cicatrices del rostro quemado y desfigurado. Ya no le rechazaría más. Manoseó el cuerpo aún tibio y susurró en su oído: "Ven aquí, preciosa, voy a enseñarte lo que es un hombre de verdad..."

viernes, 17 de junio de 2011

El poeta

Erase una vez un poeta que asfixió a su musa de tanto adorarla. La pena y la melancolía impulsaban al exterior aquella ilusión que anidaba en la superficie de sus ojos. Ya no había nadie en el mundo digno de colarse por ellos, nadie que conociera el camino, nadie que, simplemente, los viera. Su sonrisa era la máscara de aquella nostalgia por la musa perdida. Ella era el sol, ella era una tarde lluviosa de invierno, ella era un paseo por una playa solitaria bajo la luz de una luna anaranjada, un soplo delicado de una brisa cálida, un relámpago cegador que envolvía en llamas un árbol, la primera sonrisa de un bebé... ella era para él la vida en su faceta hermosa y también en su faceta más desagradable. Ella, simplemente, ERA.

Y aquel día, sin murmurar una palabra de despedida, ella lanzó su último suspiro mientras luchaba por algo de libertad entre sus brazos. Él se resistía a soltarla, jamás la dejaría ir, pero ella, sin dejar de brillar ni por un segundo, se volvió aire y se mezcló con el resto del mundo. Él abrió y cerró frenético sus manos intentando alcanzarla, corrió como un loco tras su imagen cada vez más transparente, y cuando finalmente ella se hizo invisible se dejó caer al suelo, sentado de rodillas, y con el rostro envuelto con sus dedos gritó y derramó su amor imposible como si de un líquido inagotable se tratara.

Después de llorarla durante horas... días... ¡¡¡AÑOS!!! Supo que jamás dejaría de adorarla. Se rindió ante su amor sin reprocharle su huida, abrazó su recuerdo intentando saciar el deseo de su carne, la besó en su mundo imaginario y después la hizo pedazos, descuartizando cada virtud, cada vicio, deshaciéndola en millones de partículas, y luego sopló sobre ellas. Y aquellos pequeños átomos se esparcieron por el mundo, anidando en cada cosa que encontraba a su paso. "Ella era el sol, ella era una tarde lluviosa de invierno, ella era un paseo por una playa solitaria bajo la luz de una luna anaranjada, un soplo delicado de una brisa cálida, un relámpago cegador que envolvía en llamas un árbol, la primera sonrisa de un bebé... ella era para él la vida en su faceta hermosa y también en su faceta más desagradable. Ella, simplemente, ERA." Y él contempló el mundo que ella había invadido y no pudo menos que someterse voluntariamente a la esclavitud, abrumado por su belleza, su inmensidad, su plenitud, no pudo menos que dejar de ser su dueño para ser su sirviente. Contempló con admiración su existencia, aquella que sus brazos no eran capaces de abarcar. Se sintió pequeño, afortunado... y en sus entrañas algo se encogió y llevó a sus ojos la tibieza de una lágrima incipiente. Era demasiado hermoso como para no dejar vencer a la melancolía, pues más que nunca deseó abrir sus brazos y abrazar a su musa, pero esta vez con suavidad, delicadeza, como si fuese un cristal a punto de romperse en sus manos. Nunca habría imaginado, hasta entonces, lo delicada que en realidad era.

lunes, 2 de mayo de 2011

Viaje por lugares extraños

Era de día, pero estaba muy oscuro, como en mitad de un eclipse total de sol. Paseábamos, no sé cuántas personas, por mitad de un campo que yo suponía alambrado y fortificado. Alrededor, las fieras se escondían. ¿Fieras? Mejor dicho, monstruos. No sé cómo habíamos ido a parar a una especie de jungla donde aún existían los enormes lagartos prehistóricos que conocemos como dinosaurios. Como visitando un zoo, nosotros escudriñábamos cada parte del terreno con el único fin de verlas. Pero yo tenía la sensación de que algo malo iba a ocurrir.

Nos habíamos sentado en la arena, junto a una inesperada playa de aguas negras. Alrededor de una pequeña fogata yo repetía y repetía: "Tenemos que meternos en el agua. Allí no podrán cazarnos." Y todos me respondían: "Nada ni nadie nos está persiguiendo." Temía, sobre todo, por mi hermano. No dejaba de repetirle a mi madre que fuera a buscarlo y nos metiéramos en el agua, pero ella tampoco me creía. Después de mucho insistir, decidí que yo me protegería. Súbitamente mis perros empezaron a ladrar y yo fui a buscarlos para llevarlos al agua conmigo y evitar que las criaturas los devoraran. De repente comenzó a oirse un lejano ruido rítmico como de pasos de una enorme criatura. Poco a poco se iban acercando. Entonces apareció sobre mi una construcción blanca y bastante derruida. A cada golpe el polvo caía sobre mi y sobre el agua. Las paredes eran blancas. Al mirar al techo vi como se empezaba a abrir y el agua empezaba a brotar también por él. Un pequeño espacio cuadrado se desmoronaba poco a poco hasta que definitivamente se partió y cayó. Rápidamente subí por las escaleras para ver qué había provocado el derrumbamiento. No era más que la presión de una tubería, que también había provocado aquellos ruidos rítmicos. Los monstruos ya habían desaparecido. El bosque había desaparecido. La playa había desaparecido.

Al llegar allí me encontré un salón a medio construir, aún gris de cemento. Me acerqué a una lata que había en una esquina, encajada en una grieta, y me asomé a su interior. Encontré unos bultos suaves que se movían. Saqué un perro, una hembra. La madre de todas aquellas bolitas pequeñas. Eran extremadamente suaves. Yo, que temía que la madre me mordiera por acercarme a sus pequeños quedé sorprendida cuando la madre se tumbó junto a mi, sumisa. Conté cinco. No, seis. ¡No, siete pequeñines! El padre agitaba el rabo a diestro y siniestro. ¿Qué hacían allí, abandonados? Tenía que llevarlos a alguna parte donde estuvieran calentitos y protegidos. Me giré para mostrárselos a mi padre. "Papá, ¿has visto lo que hay aquí?" Mi padre me contestó vagamente y siguió alineando bloques de hormigón.

La señora rubia me puso la mano en el hombro, sonriente. "Enhorabuena, los has encontrado. Estos cachorritos son míos. Ahora puedes llevarlos a la finca que está siguiendo la carretera, esa que está tras la pendiente empinada." Visualicé la carretera que llevaba al pueblo. Yo no quería llevarlos. Si eran suyos por qué no se había hecho cargo de ellos y por qué estaban en mi casa. Además, tendría que llevarlos a pie y era un largo camino.

Entonces abrí los ojos y desperté.

martes, 26 de abril de 2011

Historia inacabada

El teléfono nunca sonó y nadie vino a buscarla. Se enteró por los noticiarios. A veces los escuchaba de fondo mientras cocinaba, pero ese día casualmente se había encontrado de frente con la noticia, justo delante de la pantalla, y las imágenes se quedaron fotografiadas en su retina. Se preguntaba una y otra vez por qué nadie la había avisado... ¿Acaso ya no la recordaban? ¿Quizá es que no era bienvenida? ¿Es que el tiempo le había quitado el derecho de estar presente e incluso de ser informada?

Pensó si quizá era ella quién debía llamar... quizá había dejado de ser su derecho y ahora era su obligación. ¿Qué hacer? Llamaría a su amiga, tenía que comentarlo con ella, consultarle. Ella estaba demasiado abrumada para pensar con claridad. Y su amiga le planteó el problema tan claramente que la solución surgió sola: tenía que llamar, la educación estaba por encima de todo y ya que ella se estaba planteando hacer las cosas bien, tenía que hacerlas, si alguno se equivocaba no sería ella.

Está bien, llamaría, pero sólo una vez. Se prometió a si misma no pisar su orgullo, y con decisión agarró el teléfono y marcó el número. El teléfono sonó con un "ring" que le sonó demasiado grave, demasiado largo, la pausa hasta el siguiente "ring" fue interminable y empezó a dudar de que alguien le contestara. ¿Debería insistir hasta contactar? Al otro lado, el teléfono seguía dando llamada. De repente hubo un sonido brusco, unas eternas centésimas de segundo de silencio y luego una voz...
"¿Dígame?"
"Hola... soy yo... He visto las noticias..."

lunes, 25 de abril de 2011

Con cariño, vete a la mierda

"Riiing.....riiiiiiiiiiiiiiing....."
"Joder... ¿quién será a estas horas?... vaya, número oculto... uhm...."

Y es que fastidia muchísimo que te despierte de madrugada una llamada al móvil, y si como guinda llaman desde número oculto es cuando te dan ganas de ¡¡¡gritaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaar!!!! Pero lo normal es responder, porque quién sabe... una llamada de madrugada igual es por alguna urgencia... Así que te resignas, te despides de ese sueñecito tan agradable y acabas respondiendo.

"Diga"
Nada...
"¡Diga!"
.....silencio....
...clic.... llamada interrumpida.
"Riiing......riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing.............riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing"
"¡¡Diga!!"
....vacío...
"¡¡¡DIGAAA!!!"
....sin respuesta...
"Me cago en la leche la gente con la falta de consideración, ¡¡¡vete a la mierda!!!"

Pero bueno, qué modales son esos, mandar a la mierda a tu interlocutor... Cierto que no ha contestado, y quizá ha llamado por fastidiar, pero quién sabe los motivos que tendría esa persona para llamar y no contestar... Para empezar, llama de oculto porque no quiere ser identificado. Eso no siempre es signo de mala intención, quizá es vergüenza, o que quiere espiar sin ser reconocido...

Motivos habrá... seguro. Lo cierto es que todos recibimos llamadas de esas, ¿o no? Y más de uno también las habrá/habremos/habréis hecho (ni me incluyo ni me dejo de incluir, que hablar de mi no es el caso). ¿Y quién no se arrepiente después de estas llamadas tontas? Yo ya he tenido que escuchar más de una historia referente a este tema. Y yo siempre digo lo mismo:
"Querid@ amig@, cuando te pongas triste, te asalten los recuerdos, te den los nervios y las ganas de venganza (de la suavita) o te emborraches y te de por llamar a tus ex, tus enemigos, y demás gente no recomendable... llámame a mi, que también te mandaré a la mierda... ¡¡pero al menos lo haré con cariño!!"

domingo, 24 de abril de 2011

Sin ti no entiendo el despertar

Melinda estaba sentada en el jardín, mirando hacia el cielo profundamente azul mientras el sol le templaba la piel. De fondo, en el interior de la casa, sonaba canción tras canción. Y la imaginación de Melinda volaba siguiendo el ritmo que le marcaban las melodías. Todas contaban su historia, y Melinda cerró los ojos y contuvo las lágrimas al ver que en su historia, al igual que en todas esas canciones, no había final feliz.

"Como un regalo llegaste a mi y sin abrirlo si quiera te perdí... La voz desnuda de la vida me cambió todo por nada, y no tengo nada sólo una lágrima en mis ojos que te buscan y tú ya no estás... Todo te entregué y quizás por eso te perdí... Tanto esperé lo que nunca llegó que me pregunto en silencio si es que algo faltó... Fui como un niño cuando da su amor, que sólo espera cariño, nunca un adiós... Se van los días y en las noches no hay calor", y Melinda supo perfectamente qué quería decir con esas palabras. (http://www.youtube.com/watch?v=SAztdjav48s)

Melinda dejó que la brisa le acariciara el rostro. Una caricia fría... pero caricia al menos. Y siguió oyendo lo que las canciones le revelaban... "Si yo no lo merezco no me hagas destino, si no me acompañas yo me hago el camino... Al menos si pierdo lo diré bajito... Si tengo mi universo es porque lo necesito, todos somos héroes en busca de auxilio... 
Hablamos sin miedo a herirnos, lo diré bajito... Sé que a ti te daba igual perderme pero a mi no, a mi no me da igual, yo tengo un corazón que quiere hundir mi cuerpo en los mares de ilusión, no quiere estar atado, quiere estallar en huracanes de pasión... ¿qué has hecho contigo?... No quiero echar de menos los mares de ilusión, no quiero amarrarme a un puerto donde ya no estallan huracanes de pasión... Mírame... Lo diré bajito..." (http://www.youtube.com/watch?v=BLjdE21F3MM) Las palabras parecían atravesarla como dagas afiladas, y todas las puñaladas iban a parar al corazón. Arañaba, dolía, era un escalofrío, quemaba... Frase tras frase le costaba más evitar que sus ojos se derramaran. 

"Déjame esta noche soñar contigo... Déjame imaginarme en tus labios los míos... Déjame que me crea que te vuelvo loco... Déjame que mis manos rocen las tuyas... Déjame que te tome por la cintura... Déjame que te espere aunque no vuelvas... Déjame que te deje tenerme pena... Si algún día diera con la manera de hacerte mío sólo yo te amaría como si fuera siempre ese día... 
Qué bonito sería jugarse la vida, probar tu veneno... Que mi piel sea el forro de tu vestido... Déjame que te coma sólo con los ojos, con lo que me provocas yo me conformo... Déjame esta noche soñar contigo..." (http://www.youtube.com/watch?v=2wSxo1ztlEI)
Y Melinda sentía ganas de abrazarse a la canción por ser la única que la comprendiera. 

El sol se estaba apagando y la temperatura comenzó a descender. Con los ojos cerrados, Melinda se sumergió en una especie de duerme-vela en la que la palabra de cada canción tomaba forma en imágenes que fabricaban hilo a hilo una venda para cubrir el dolor y crear un suspiro que dejara brotar lágrimas, pero no aquellas que se esforzaba por contener, sino las que estaban ya tan lejanas, aquellas que salían en descontrolado derroche de felicidad. Y la brisa, que le pareció gélida, le erizó la piel.

"La vida y la muerte bordada en la boca... En donde el palmo lloró cantando... Y quien calla otorga como dice el dicho... Quien fuese abrigo pa andar contigo... Buscando el olvido se dio a la bebida... 
Se leyó enterito a don Marcial Lafuente pa no ir tras sus pasos como un penitente... Y entre palma  y palma, ella fue palmando... Y entre cantares, por soleares... Pésames y flores y dos lágrimitas que soltó el muchacho al cerrar la cajita... Ay, mi amor, sin ti no entiendo el despertar... Ay, amor, sin ti mi cama es ancha... Ay, amor, que me desvela la verdad, entre tú y yo la soledad y un manojito de escarcha..." (http://www.youtube.com/watch?v=1dpOM7IkM2o) Y cuando la canción se alejaba un sonido tímido apareció de repente. Aquel sonido metálico golpeando su puerta hizo levantarse a Melinda y, como un autómata se dirigió hacia el sonido. Con pulso firme y mente ignorante giró el pomo y sonó el clic. La puerta verde se fue abriendo como un telón que poco a poco dejaba a la vista aquel cuadro inesperado. 
Y mientras los ojos de Melinda y de su amado se fundían durante eternos segundos en una conversación silenciosa por fin las lágrimas brotaron de sus ojos hirviendo en una llama de sentimientos contenidos, asfixiantes, dejándolos ya escapar sin control en ese llanto que era como un desgarro del alma. Él hizo una tímida negativa con la cabeza y con un dedo tímido le enjugó las lágrimas, acabando el gesto con una caricia aterciopelada justo en la barbilla, y luego, repentinamente, la agarró por los brazos en un impulso apasionado y ella, que ya se había abandonado sin fuerzas, se dejó caer en aquel abrazo ahogando un suspiro de calma, y sin dejar de abrazarse sus labios se tocaron con miedo, como si fuera aquella la primera vez, y todas las canciones se borraron y desaparecieron en la oscuridad del pasado. Únicamente una sobrevivió... y su letra se repitió en eco... Melinda abrió los ojos, sobresaltada.Y no hubo golpes en la puerta, ni una mirada rogando perdón, ni un abrazo de consuelo, ni un beso de reconciliación. "Ay, mi amor, sin ti no entiendo el despertar..."

lunes, 18 de abril de 2011

El andalú, un lenguahe, killo.

Amo a ve, a la hente que no conose el andalú po iwá le rezurta complicao porque eh que alandalú le pasa lo mihmo con el ehpañó car portugué, eh mu paresío pero no zuena iwá ni zehcribe iwá tampoco. Ezo zí, hay que tené musho cuidao tambié porque el andalú eh mu compleho, dentro delandalú hay diferenteh formah dablahlo iehcribihlo zegún dandezea. Po weno, zi disho ehto nolontiende po mejón que ni ziga leyendo porque vazé peó.

El andalú, amo a vé ¿por qué el andalú eh diferente? Po mu zenzillo. Lohandaluse tenemoh musho arte, pero no un arte deso asín rehbalao que no tiene chihte ni grasia ni na, no... Nohotro tenemo arte, pero delarte de verdá, dese que dize tu: ohú killo, qué arte tienershavá, y no para de reihte y venga reihte, ehcojonaito vivo, vaya. Po ezo, que con tolarte que tenemoh... po habrá que tené arte hablando tambié ¿¿no?? Porque zí, tenemoh musha grasia hablando io, que le vamoasé, a nozotroh no noh guhtan lozaborío. Y luego va la hente dafuera disiendo por ahí que nohotro no zabemo hablá y ezo no eh azín.

Un andalú tiene que zé ezaherao, un andalú no pué llegá y desí: "María, me duele la cabeza, ¿me puedes dar una pastilla?". No cohone, que la María no ze la trae, no ve que parese que lehtá leyendo er periodico o argo... El andalú lo dise bien pa que la María lentienda que le duele la cabesa de verdá, le dise: "ohú María, damuna pahtilla o argo de lo que zea que me duele la cabesa una jartá, que me vareventá y to, quilla". Y la María po claro, va corriendo y le da la pahtilla porque zabe car shikillo po le duele musho.

Y lohandaluse musha vese zomoh mu ajorrativoh. Digo, tu ve a loh niño hugando poraí y la madre po en lugá de llamahlo ar móvih po lo llama a vose, coño, que zale mah barato. Na ma hay que zacá la cabesa poh la ventana y pegá un shillio: YONATAAAAAANNNN. Y er Yoni po viene la criatura porque zabe que de zeguro eh pa merendá. Y aluego noh llaman surdezarrollao a nohotro. Po anda, killo, tu con to lo curto quere no tiene cohone de entendehte con nohotro, y zi tentiende eh pa pegahte la pansá de reí, y no diga que no, ¡¡¡que tu con lojandaluse te dehcohona!!!
Nohotro no "vamos al mercadona", nohotro vamal mercadona. A nohotro no "se nos pega el sol", nohotro nohashisharramoh vivoh. Nohotro no "comemos estupendamente", noh jartamo de comé. Tampoco "nos emborrachamos", nohotro vamoh to doblaoh. Killo, tu no diga que no, ¿a que te guhtaría hablándalú?

miércoles, 13 de abril de 2011

Historia enredada

Me he sentado delante del ordenador con ganas de escribir algo, pero tener tanto qué decir a veces te impide que puedas hacerlo por no saber ni por dónde empezar. Mirando la pantalla tan vacía, y dándome cuenta de que jamás podría escupir en ella todo lo que estaba dentro de mí y quedarme tan blanca como ella, miré hacia la ventana y pensé: ¿por qué no empezar por ahí? Y escribí: "Desde mi ventana veo la calle, y algunos árboles, y unos cuantos coches estacionados, y las casas de enfrente..." Y miré la pantalla con ironía. ¿Acaso era eso lo mejor que podía salir de mi en ese momento? 


Ya ves, es curioso, no puedo expresar lo que pienso en palabras a quien pueda interesarle, pero tampoco me sale escribirlo. Debe estar relacionado... De todas formas esto lo van a leer varias personas, pero descifrar letras no es el fuerte de algunas otras... así que no hace falta que escriba lo que quisiera decir, más vale que suelte un par de chorradas de esas que después me hacen sentir tan bien, un texto de esos llenos de barbaridades que luego sorprendentemente a todo el mundo le gusta y todos comentan. Y voy a hacerlo:

Me planto delante de un maniquí frío, con las manos en jarras, y con una media sonrisa de superioridad le digo que no tiene sentimientos. Y es estúpido, porque tampoco tiene sentidos, no puede oirme. Pero igualmente me siento realizada después de soltar cuatro verdades delante de quién sea, aunque ese quién ni me escuche. El error de comunicación no es mío, puesto que yo he emitido el mensaje, el problema será de quien no lo recibe, ¿no? Emisor-receptor-mensaje, los tres elementos básicos y totalmente necesarios para que exista comunicación... quién dijo esto debía estar de cachondeo o con una sobredosis de algo, porque todos tenemos derecho a equivocarnos pero hijo, ¿no estás en el mundo? Si, tu planteamiento es muy bonito, pero hablar de comunicación es como hablar de Dios: muchos creen en él y otros no, algunos hacen lo posible por caerle bien y hasta le rezan a la blanca paloma para que les traiga la buena nueva, pero ¿acaso alguien ha demostrado que existe?

El maniquí iba hecho un pincel (valga la redundancia para aquellos que lo entiendan), todo peinadito, postura elegante, sonrisa diplomática... al verlo pensabas: vaya, como me ponga este vestido me voy a comer el mundo y que me saquen los ojos que ya lo he visto todo. Luego me probé el vestido y cuando me vi delante del espejo si, me gustó, y seguí queriendo comprarlo. Pero el mundo no me lo comí, eso está claro, porque el maniquí no era yo, y por mucho que quieras ver o reflejar, cada cual es quién es y si me creíste quién no era te confundiste tú. Yo nunca te prometí que el vestido me quedaría mejor, pero por lo menos no te iba a ignorar como lo hacía el maniquí. Mal vendedor, la moto estaba preciosa por fuera pero la habían trucado y la llave que me dieron no funcionaba. Era de esos sistemas que sólo funcionan cuando la huella dactilar coincide con la grabada en la memoria. Lástima que el antiguo dueño ya no quisiera la moto, ¿no? Pero lo que no voy a hacer es arrancarme los dedos, o quemarme las yemas para forjarme unas huellas nuevas para que la moto arranque. Tengo un coche que no irá a dos ruedas, pero al menos funciona.

"Lo que ves es lo que hay". Qué mentira más gorda. Eso es como admitir que somos más planos que Mafalda antes de la pubertad. Pero suena muy guay eso de ir de "gente clara" por el mundo. Para ser claro de verdad hay que tener un par de cojones y llamar "verbeneros" a quienes cantan en las verbenas, pero no hacerlo entre amigos, sino ahí mismo, delante, mientras se fuma un cigarro con intención interesante, y pedirle descaradamente "que se acabe la verbena ya, que estamos hartos". Ser claro es decirle a alguien "no tienes palabra" cuando no la ha cumplido en lugar de dárselas de superado y mirar por encima del hombro. Ir de frente es ser capaz de decir "ahora mismo, sola, soy mil veces más feliz de lo que lo he sido nunca contigo" mirando a los ojos a esa persona, y sin echarse atrás. Eso es ser claro, para que se enteren. Y por cierto, que esto último puede hacer que la claridad con la que se pretende ir se convierta en falta de tacto y crueldad si no se le dice a quién se le tiene que decir, porque cuando se suelta esto hay que tener motivos para expresarlo de esta manera, que hay formas de ser claros sin ser crueles.

Anda, me acabo de acordar de ti, personajillo. La cucaracha esa que corría por la tienda. Madre mía, pero que repugnante era, y perdonadme los animalillos, porque soy animalista, pero no hay bicho más asqueroso que una puñetera cucharacha, que no se sabe si es más asquerosa cuando la ves corriendo, con esas antenas demasiado largas, a esa velocidad que hasta te entra el mal de sambito, o muerta boca arriba, o aplastada cuando le sale el liquido blanco ese... porque esos bichos es que no tienen ni sangre... Yo como la canción de Paquita la del Barrio: Que me perdone tu perro por compararlo contigo, así que para no dar nombres llamémosle cucaracha. (Ojo, cucaracha, no maniquí). Cucaracha cobarde, que te escondes en los huecos oscuros porque te da hasta vergüenza de que te vean. Y dicen que bicho malo nunca muere y debe ser verdad, porque ni te ahogaste cuando te caíste al agua. Aunque claro, eso tendría yo que verlo, que de una cucaracha no hay que fiarse, igual sólo se mojó las patitas y ya te viene contando que le rociaron insecticida y para salvarse tuvo que tirarse heróicamente al agua. Y hay que ver que son persistentes las cucarachas. Como un año tengas una plaga, al año siguiente las muy asquerosas se acuerdan y vuelven. Y ahora que me he ensañado con las cucarachas os explico: no tengo nada en contra de ellas... he utilizado su especie porque le daba cierto parecido al ente en cuestión.

En resúmen, que tuve una plaga de cucarachas y cuando fui a la tienda a devolver la moto rota me encontré con un maniquí al que le pedí que me escuchara, pero llevaba un vestido que debía ser de la temporada pasada, porque la tela se partió en cuanto intenté abrochar la cremallera. Menos mal que todavía desde mi ventana sigo viendo la calle, algunos árboles, unos cuantos coches estacionados y las casas de enfrente, y sin voces de ultratumba.